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Lo que el viento se llevó - Margaret Mitchell 
16th Mar,2006 | 07:06 pm
Traducción al castellano, Lo que el viento se llevó.

El aldabón de la puerta principal golpeó con ruido sordo que resonó en la silenciosa casa. Sintió los torpes pasos de Mamita cruzar el vestíbulo y abrirse la puerta. Se oyó el ruido del saludo y un murmullo confuso. Algún vecino que vendría a discutir el funeral, o a traer chismes y cuentos. A Pitty le entretendría. Experimentaba un melancólico placer hablando con los visitantes que venían a darles el pésame.

Escarlata se preguntaba con curiosidad quién sería, y cuando una voz de hombre, vibrante y sonora, se elevó sobre el fúnebre cuchicheo de Pitty, lo supo. Una sensación de alegría y alivio la inundó. Era Rhett. No lo había vuelto a ver desde que le había comunicado la muerte de Frank, y ahora sentía en lo más recóndito de su corazón que él era la única persona que podría ayudarla aquella noche.

-Creo que me recibirá -oyó que decía.
-Pero está descansando ahora, capitán Butler, y no quiere ver a nadie. Pobre niña, está completamente anonadada. Ella...
-Creo que me recibirá. Haga el favor de decirle que me marcho mañana y que estaré fuera algún tiempo. Es muy importante.
-Pero... -murmuró tía Pittypat.

Escarlata corrió al vestíbulo, observando con cierto asombro que sus rodillas estaban algo inseguras, y se inclinó por encima del pasamanos.

-Ahora mismo bajo, Rhett -manifestó.

Vio de una ojeada la regordeta cara de tía Pittypat, vuelta hacia arriba, con sus redondos ojos abiertos por la sorpresa y la desaprobación. "Ahora será la comidilla de toda la ciudad que el mismo día de la muerte de mi marido me haya conducido con tan poco decoro", pensó Escarlata mientras se precipitaba a su habitación para arreglarse un poco. Se abrochó hasta la barbilla el negro corpiño y se prendió al cuello el alfiler de luto de tía Pitty. "No estoy nada guapa -pensó inclinándose hacia el espejo -con esta cara tan pálida y tan asustada." Por un momento su mano se dirigió hacia la caja donde guardaba escondidos el carmín y los polvos, pero no se decidió a usarlos. A la pobre Pittypat le daría un ataque si la viese sonrosada y recompuesta. Cogió el frasco de colonia, se enjuagó cuidadosamente la boca y escupió.

Bajó corriendo al vestíbulo, donde la esperaban en pie, pues Pittypat se había quedado tan desconcertada por la salida de Escarlata que no se le ocurrió invitar a Rhett a sentarse. Él vestía discretamente de negro con pechera almidonada y cuello duro; sus maneras eran las que las conveninencias imponen a un buen amigo que hace una visita de duelo a la persona que acaba de sufrir una desgracia. En resumen, estaba tan sumamente correcto, que casi resultaba grotesco, aunque Pittypat no se diera cuenta de ello. Se disculpaba cortésmente por venir a molestar a Escarlata y lamentaba que en su prisa por terminar unos asuntos antes de su marcha le hubiera sido imposible asistir a los funerales.

"¿Qué le habrá impulsado a venir? -se preguntaba Escarlata-. No es cierta ni una sola palabra de lo que está diciendo."

-Lamento venir a molestar a usted en estos momentos, pero necesito discutir con usted un asunto que no admite espera. Unas cosas que el señor Kennedy y yo estábamos planeando.

-No sabía que usted y el señor Kennedy tuviesen algunos asuntos comunes -dijo tía Pittypat, disgustada ante la idea de que algún asunto de Frank le fuese desconocido.
-El señor Kennedy era hombre de muy diversas actividades -repuso Rhett respetuosamente-. ¿Podemos pasar al salón?
-¡No! -gritó Escarlata, mirando las cerradas puertas.

Aún podía ver el ataúd en el centro de aquella habitación; esperaba que nunca más tendría que volver a entrar allí. Pitty, por una vez en la vida, y de mala gana, se hizo cargo de la situación.
-Pasen ustedes a la biblioteca. Yo tengo que subir a coser unas cosas. Tengo retrasada la costura de la semana pasada.

Se marchó escaleras arriba, con una mirada de reproche de la que ni Escarlata ni Rhett se dieron cuenta. Él se hizo a un lado para dejarla pasar a la biblioteca.

-¿Qué negocio tenía usted con Frank? -preguntó Escarlata de buenas a primeras.

Rhet
t se acercó a ella y murmuró:
-Ninguno. Quería desembarazarme de la señorita Pitty.

Se detuvo y se inclinó hacia ella.

-No es buena, Escarlata.
-¿El qué?
-La colonia.
-Le aseguro que no sé lo que quiere decir.
-Estoy seguro de que sí. Ha estado usted bebiendo de lo lindo.
-¿Y qué, si he estado bebiendo? Eso no es cosa suya.
-¡Sigue usted siendo la cortesía personificada, incluso en este trance! Por Dios, Escarlata, no beba usted a escondidas. La gente siempre lo nota, y así se arruina la reputación de una persona. Y, además, es mala cosa el beber a solas. ¿Qué es lo que le pasa, encanto?

La llevó al sofá de palo de rosa, y ella se sentó en silencio.
-¿Puedo cerrar las puertas?

Ella sabía que si Mamita veía las puertas cerradas se escandalizaría y pasaría unos cuantos días riñéndola y refunfuñando; pero sería muchísimo peor que pudiera llegar a ella algo de la discusión a propósito de la bebida, sobre todo después de haber desaparecido la botella de brandy. Inclinó la cabeza asintiendo y Rhett corrió las puertas, dejándolas perfectamente cerradas. Cuando volvió y se sentó a su lado, mirándola interrogadoramente con sus ansiosos ojos, la sombra de la muerte retrocedió ante la vitalidad que él irradiaba y la habitación recobró su aspecto agradable y acogedor, las lámparas su luz sonrosada y cálida.

-¿Qué le pasa, encanto?

Nadie en el mundo era capaz de pronunciar aquella absurda palabra de cariño tan acariciadoramente como Rhett, aun cuando bromeara. Pero en aquellos momentos no parecía estar bromeando. Escarlata levantó su atormentada mirada hasta su rostro y se sintió algo confortada por la impasible e inescrutable expresión de Butler. No comprendía por qué sentía esta sensación; tal vez fuese porque, como él decía, los dos se parecían mucho. Escarlata pensaba, algunas veces, que todas las personas que ella había conocido, excepto Rhett, le eran extrañas.

-¿No puede decírmelo? -le preguntó con ternura-. ¿Es algo más que la muerte del pobre Frank? ¿Necesita usted dinero?
-¿Dinero? ¡Oh, no! ¡Por Dios, Rhett! ¡Tengo tanto miedo!
-No sea tonta, Escarlata; usted no ha tenido miedo en toda su vida.
-¡Oh, Rhett, tengo miedo!

Las palabras fluían más rápidamente de lo que podía pronunciarlas. Podía decírselo. A Rhett podía decírselo todo. Él había sido tan malo que no podría juzgarla. Era maravilloso encontrar a alguien que era malo y sin conciencia y tramposo, y embustero, cuando el mundo entero estaba lleno de gente incapaz de mentir ni por salvar su alma y que preferiría morir de inanición a cometer un acto deshonroso.

-Tengo miedo de morirme e ir al infierno.

Si él se reía de ella, se moriría allí mismo. Pero no se rió.

-Está usted llena de vida, y, después de todo, tal vez no haya infierno.
-¡Oh, Rhett, sí lo hay! Usted sabe que sí lo hay.
-Sí sé que lo hay, pero está aquí en la tierra. No después de morir. No hay nada después de la muerte, Escarlata. Usted está pasando su infierno ahora.
-¡Oh, Rhett, eso es una blasfemia!
-Pero muy tranquilizadora. Vamos, diga, ¿por qué va usted a ir al infierno?

Ahora estaba embromándola, pero a ella no le importaba. ¡Sus manos eran tan cálidas, tan fuertes, y Escarlata se sentía tan tranquilizada cuando oprimía las suyas!

-Rhett, yo no debía haberme casado con Frank. Fue un engaño. Él pretendía a Susele y la quería a ella, no a mí. Pero yo le mentí, le dije que Susele se iba a casar con Tony Fontaine. ¡Oh! ¿Cómo pude hacer eso?
-¡Ah! ¿De modo que fue eso? Siempre me maravilló.
-¡Y luego lo hice tan desgraciado! Le obligué a hacer todo lo que él no quería; por ejemplo: exigir el pago de las cuentas a gente que no tenía dinero para ello. ¡Y le disgustó tanto que yo pusiese en marcha las serrerías, y edificase el café, y alquilase presidiarios! Casi no se atrevía a levantar la cabeza de vergüenza. Rhett, yo lo he matado. Sí, lo he matado. Yo no sabía que él era del Klan. Nunca soñé que fuera tan atrevido, pero debía haberlo sabido. Y yo lo maté.
-¡Ojalá pudiera toda el agua del Océano lavar la sangre que hay en mis manos!... (1).
-¿Cómo?
-No haga usted caso, continúe.
-¿Continuar? ¡Eso es todo! ¿No es bastante? Me casé con él, lo hice desgraciado y lo maté. ¡Oh, Dios mío, yo no sé cómo pude hacer semejante cosa! Le mentí y me casé con él. Todo esto me pareció tan bien cuando lo hice, pero ahora comprendo lo mal que estuvo. Mire, Rhett, me parece que no fui yo quien lo hizo así. Me porté perversamente con él, pero en el fondo no soy mala. A mí no me educaron así. Mi madre...

Se detuvo y tragó saliva; durante todo el día había luchado con el recuerdo de Elena, pero ya no podía desechar su imagen.

-A veces me pregunto cómo sería su madre. ¡Usted es tan igual a su padre!...
- Mi madre era... ¡Oh, Rhett! Por primera vez me alegro de que haya muerto; así no puede verme. No me había educado para que fuese tan mala. ¡Ella era tan amable para todo el mundo, tan buena! Hubiera preferido verme muerta a verme hacer esto. ¡Y yo que hubiera querido parecerme a ella en todo! No me parezco en absoluto. Yo nunca lo pensé; ¡tenía tantas otras cosas en que pensar!... Yo hubiera querido ser como ella; no quería ser como papá. Yo a mi padre lo quería mucho; pero era tan... tan... inconsciente. Rhett, algunas veces yo procuraba con toda mi alma ser amable con la gente y buena con Frank; pero entonces volvía mi pesadilla y me asustaba tanto que no tenía más remedio que lanzarme a la calle y arrancar dinero a la gente, fuese mío o no lo fuese.

Las lágrimas rodaban por sus mejillas, sin que hiciese nada por ocultarlas, y sus manos se crispaban en tal forma que las uñas se le clavaban en la carne.

-¿Qué pesadilla?

La voz de él era tranquila y dulce.
-Es verdad. Se me olvidaba que usted no lo sabe. Pues bien, cuando trataba de ser amable con la gente y me decía que el dinero no lo era todo, en cuanto llegaba la hora de marcharme a la cama, siempre soñaba que estaba otra vez en Tara después de la muerte de mi madre, cuando los yanquis acababan de pasar por allí. Rhett, no se lo puede imaginar, me estremece pensarlo, lo veo de nuevo. ¡Todo está quemado, tan quieto, y no hay nada que comer! ¡Oh, Rhett, en mi sueño siento el hambre otra vez!
-Continúe.
-Yo tengo hambre, y todo el mundo, papá y mis hermanas, y los negros, están muertos de hambre y lo repiten una y otra vez: "¡Tenemos hambre, tenemos hambre!" Y yo estoy tan vacía que siento dolor. Y para mis adentros digo: "Si alguna vez salgo de ésta, nunca más volveré a tener hambre". Y entonces el sueño se desvanece en una niebla gris, y yo estoy corriendo, corriendo en la niebla, y corro tanto que mi corazón está a punto de estallar, y algo me impulsa y ya no puedo respirar, pero pienso que si consigo llegar allí me salvaré. Pero yo no sé adónde quiero llegar. Y entonces me despierto y me siento estremecida de miedo, un miedo tan grande a volver a tener hambre otra vez... Cuando me despertaba en mi sueño, me parecía como si no hubiera en el mundo dinero bastante para evitar que yo pudiera volver a tener hambre. Y Frank era tan blando y tan compasivo con las gentes, que él nunca les hubiera sacado el dinero... No me comprendía. Yo pensaba que algún día llegaría a hacérselo comprender, cuando tuviéramos mucho dinero y yo menos miedo a pasar hambre. Y ahora ha muerto y es demasiado tarde. Yo creí obrar bien y estaba completamente equivocada. ¡Ay, si pudiese empezar de nuevo, qué distinta iba a ser!
-Basta -dijo Rhett, soltándose de sus frenéticas manos y sacando de su bolsillo un pañuelo limpio-. Ahora séquese la cara. No tiene objeto que se ponga de ese modo.

Escarlata cogió el pañuelo y se enjugó las húmedas mejillas. Experimentaba cierta sensación de alivio, como si se hubiera desembarazado de una parte de la carga demasiado pesada para sus hombros. ¡Él parecía tan fuerte y tan tranquilo! Hasta la ligera contracción de su boca la animaba como si demostrase que compartía su tortura y turbación.

-¿Se encuentra ya mejor? Y ahora vamos con calma al fondo de todo esto. Dice que si pudiera volver a hacerlo sería completamente distinta. Pero ¿lo haría así? Piénselo fríamente. ¿Lo haría?
-Yo...
-¿No volvería a hacer lo mismo? ¿Podría obrar de otro modo?
-No.
-Entonces, ¿por qué se lamenta?
-¡He sido tan mala con él! Y ahora se ha muerto.
- Y si él no se hubiera muerto, usted seguiría siendo igual de mala. Por lo que puedo entender, no está usted disgustada por haberse casado con Frank y haberle hecho desgraciado, y haber causado inadvertidamente su muerte; por lo que está disgustada es porque va a ir al infierno.
-Es que... ¡Está tan unido lo uno a lo otro!...
- Su moral es algo rara. Está en el mismo caso de un ladrón a quien se coge con las manos en la masa y que está asustado, no por haber robado, sino por miedo a ir a la cárcel.
-¡Un ladrón!
-¡Oh, no se tome las cosas tan al pie de la letra! En otras palabras: si no se le hubiese ocurrido esa idea absurda de que estaba condenada a las eternas llamas del infierno, se encontraría muy a gusto desembarazada de Frank.
-¡Rhett!
-Vamos. Se está confesando y debe confesar la verdad como confesaría algunas mentiras. ¿La atormentó mucho su... conciencia cuando por trescientos dólares le ofreció a Frank el..., ¿cómo le llamaremos?..., esa joya que es más preciada que la vida?

El brandy estaba haciendo sus efectos, y Escarlata se sentía mareada e inquieta. ¿De qué serviría no decirle la verdad, si él parecía leer en su interior?

-Yo entonces no me acordé gran cosa de Dios ni del infierno, y cuando me acordé... pensé que Dios comprendería.
-Pero, ¿usted no creyó que Dios comprendería por qué se casaba con Frank?
-Rhett, ¿cómo puede hablar así de Dios cuando no cree en Él?
-Usted cree en un Dios vengador, y eso es lo que ahora tiene importancia para usted. ¿Cómo no podría el Señor comprender...? ¿Siente que Tara sea aún suya y que no estén sus enemigos viviendo allí? ¿Siente no estar ya hambrienta y andrajosa?
-¡Oh, no!
-¿Tenía alguna alternativa no siendo la de casarse con Frank?
-No.
-Él no tenía ninguna obligación de casarse con usted, ¿no es así? Los hombres son libres. No tenía ninguna obligación de aguantar sus desplantes ni de hacer lo que no le placía, ¿verdad?
-Pero...
-Escarlata, ¿por qué preocuparse más por eso? Si tuviera que volver a hacerlo, volvería a mentir y a casarse con él. Volvería a ponerse en peligro, y él volvería a tener que vengarse. Si se hubiera casado con su hermana Susele, ella no hubiera causado su muerte, pero es probable que le hubiera hecho mucho más desgraciado que usted. No podía haber sido de otro modo.
-Pero yo pude haberme portado mejor con él.
-Podría haberlo hecho si hubiera usted sido una persona distinta. Pero usted ha nacido para imponerse a todo el que se deje imponer. Los fuertes están hechos para eso y los débiles para inclinarse ante ellos. Frank tuvo la culpa por no haberla azotado con un látigo. Me sorprende, Escarlata, que se le ocurra a usted desenterrar la conciencia a estas alturas de su vida. Los oportunistas como usted no deben tenerla.
-¿Qué es un opor...? ¿Cómo ha dicho?
-Una persona que se aprovecha de las oportunidades.
-No debí hacerlo...
-Esto se ha discutido siempre, especialmente por aquellos que tienen las mismas oportunidades y no saben aprovecharlas.
-Rhett, se está usted burlando de mí, y yo había creído que iba a mostrarse cariñoso.
-Estoy siendo cariñoso, creo yo. Escarlata, querida, usted está mareada, eso es lo que le pasa.
-¿Se atreve...?
-Sí, me atrevo. Tiene usted lo que vulgarmente se llama una borrachera y está a punto de sufrir una crisis de lágrimas. Así que voy a variar de asunto y voy a animarla contándole algunas noticias que la divertirán. Realmente a eso venía esta tarde: a contarle mi noticia antes de marchar.
-¿Adónde va?
-A Inglaterra, y tal vez pase allí unos cuantos meses. Olvide su conciencia, Escarlata. No tengo ganas de perder más tiempo discutiendo el destino de su alma. ¿No tiene ganas de oír mis noticias?
-Pero... -empezó débilmente.

Luego se detuvo. Entre el brandy, que iba suavizando los ásperos contornos del remordimiento, y las palabras de Rhett, burlonas, pero tranquilizadoras, el pálido espectro de Frank empezaba a borrarse en las sombras. Acaso Rhett tuviese razón. Tal vez Dios comprendiese. Se recobró lo suficiente para rechazar la idea, y decidió: "Mañana pensaré en todo esto".

-¿Cuál es esa noticia? -dijo haciendo un esfuerzo, limpiándose con el pañuelo y echándose para atrás el cabello, que había empezado a alborotársele.
-Mi noticia es ésta -contestó él haciéndole un guiño-: yo la quiero a usted más que a ninguna de las mujeres que conozco. Y, ahora que ya no existe Frank, pensé que le interesaría saberlo. Sí, lo pensé.

Escarlata apartó sus manos de las de Rhett y se puso en pie indignada.
-Yo... Es usted el hombre más grosero del mundo; venir aquí precisamente en estos momentos, con esa indecencia. Debía yo saber que no podía usted cambiar. ¡Cuando el cadáver de Frank está aún caliente! Si tiene usted alguna idea de decoro, márchese de aquí inmediatamente.
-Tranquilícese, o vamos a tener aquí a tía Pitty dentro de un minuto -dijo él, no levantándose, sino extendiendo los brazos y cogiéndola de las muñecas-. Estoy seguro que equivoca usted mis intenciones.
-¿Equivocar sus intenciones? ¡No equivoco nada!

Y se esforzaba en desasirse.
-¡Suélteme y salga de aquí! Nunca había oído nada de tan mal gusto...
-Cállese -dijo él-. Estoy pidiéndole que se case usted conmigo. ¿Se convencerá si me pongo de rodillas?

Escarlata murmuró:
-¡Oh!

Y se dejó caer sin respiración en el sofá.

Le miró asombrada, con la boca abierta, preguntándose si el brandy la habría transtornado, recordando inconscientemente su frase acostumbrada: "Querida mía, yo no soy hombre de esos que se casan". O ella estaba bebida, o él estaba loco. Pero no parecía loco. Estaba tan tranquilo como si hablara del tiempo. Y su voz resonaba en sus oídos completamente natural.

-Siempre he pensado que llegara a ser mía, Escarlata, desde aquel primer día que la vi en Doce Robles, cuando tiró aquel vaso y juró y demostró que no era usted una señora. Siempre me propuse llegar a poseerla de una manera o de otra. Pero como usted y Frank han hecho algún dinero, comprendo que no la conseguiré con proposiciones ilícitas. Así que me he convencido de que tendré que casarme con usted.
-¡Rhett Butler! ¿Es ésta una de sus perversas burlas?
-Le estoy hablando con el corazón en la mano y no me cree. No, Escarlata; es una declaración en toda regla. Reconozco que no es del mejor gusto venir en estos momentos, pero tengo una magnífica excusa para mi falta de tacto. Me marcho mañana por bastante tiempo y temo que, si espero hasta la vuelta, la encontraré casada con otro que tenga algún dinero. Y así pensé: "¿Por qué no conmigo y con mi dinero?". Realmente, Escarlata, no puedo pasarme toda la vida esperando a cazarla entre dos maridos.

Y lo pensaba, no cabía la menor duda sobre ello. Ella tenía la boca seca, mientras procuraba convencerse. Tragaba saliva y le miraba a los ojos intentando encontrar la clave de aquello. Estaban llenos de risa, pero había algo más en el fondo que Escarlata no le había visto jamás: un fulgor que desafiaba el análisis. Estaba sentado cómoda y descuidadamente, pero Escarlata sentía que la observaba con tanta ansiedad como el gato observa el agujero del ratón. Le producía el efecto de tener un resorte en tensión bajo su aparente calma, de tal forma que ella se echó atrás algo asustada.

Estaba, efectivamente, pidiéndole que se casase con él; estaba haciendo lo increíble. Alguna vez, Escarlata había planeado cómo le haría sufrir si llegase a proponérselo. Una vez había decidido que si él pronunciaba estas palabras ella lo humillaría y le haría sentir su poder y experimentaría un maligno placer al hacerlo. Y ahora él había hablado y ella ni siquiera se acordaba de sus planes porque no lo sentía en su poder, como no lo había sentido jamás. De hecho, él era el dueño de la situación, de tal modo que ella estaba tan azorada como una jovencita ante la primera declaración, y sólo era capaz de ruborizarse y tartamudear.

-Yo... yo nunca me volveré a casar.
-Ya lo creo que volverá; ha nacido usted para casada. ¿Por qué no conmigo?
-Pero Rhett, yo... yo no le quiero.
-Eso no es un inconveniente. Yo no sé que el amor haya sido indispensable en sus otros dos matrimonios.
-¡Oh! ¿Cómo puede usted decir...? Ya sabe que he tenido mucho cariño a Frank.

Él no dijo nada.


-Yo estaba..., yo estaba...
-Bien, no discutamos sobre eso. ¿Quiere pensar en mi proposición mientras estoy fuera?
-Rhett, no me gusta dejar las cosas en el aire. Prefiero decírselo ahora. Pienso marcharme a casa, a Tara, pronto. India Wilkes vendrá a quedarse con tía Pittypat. Quiero irme a casa por una larga temporada. Y... y yo no quiero volver a casarme.

-¡Bobadas! ¿Por qué?
-No sé por qué; no lo he pensado. Sencillamente, no quiero volverme a casar.
-Pero, hija mía, realmente usted nunca ha estado casada. ¿Cómo puede usted saber? Voy a admitir que ha tenido mala suerte: una vez por despecho y otra vez por dinero. ¿Ha pensado alguna vez en casarse sencillamente por gusto?
-¿Por gusto? No diga tonterías. No hay ningún placer en estar casada.
-¿No? ¿Por qué no?

Había recobrado cierta especie de calma, y con ella toda su natural rudeza, que el brandy hacía aparecer más a la superficie.
-Hay placer para los hombres, aunque Dios sabe por qué. Nunca he podido comprenderlo. Pero todo lo que la mujer saca en limpio es algo que comer, y mucho trabajo, y tener que aguantar todas las chifladuras de un hombre, y... un bebé todos los años.

Él se reía tan estruendosamente, que su risa resonaba en la quietud de la casa, y Escarlata sintió abrirse la puerta de la cocina.
-Cállese. Mamita tiene oídos de lince y no es decoroso reír tan pronto después de... Deje de reír. Sabe de sobra que es verdad. ¡Placer! ¡Vamos, hombre!
-Le digo que ha tenido usted mala suerte, y lo que acaba de decir lo demuestra. Ha estado casada con un niño y con un viejo. Y estoy completamente seguro de que su madre le dijo que las mujeres tienen que soportar algunas cosas a cambio de las compensadoras alegrías de la maternidad. Bien, pues todo eso es una equivocación. ¿Por qué no casarse con un verdadero joven que tiene bastante mala reputación y costumbre de tratar a las mujeres? Sería divertido.
-Es usted ordinario y presuntuoso, y yo creo que esta conversación ha durado ya bastante. ¡Es de tan mal gusto!
-Y enormemente divertida también. Apostaría a que nunca discutió las relaciones matrimoniales con ningún hombre más que con Carlos y Frank.

Escarlata lo miró ceñuda. Rhett sabía demasiado. Ella se preguntaba dónde habría aprendido todo lo que sabía de las mujeres. Aquello no era decente.

-No se enfade. Fije el día, Escarlata. No insisto en un matrimonio inmediato, para salvar las apariencias. Esperemos el tiempo prescrito. Vamos a ver: ¿cuál es exactamente el término legal?
-Yo no he dicho que me voy a casar con usted. No es decoroso ni siquiera el hablar de semejante cosa en estos momentos.
-Ya le he dicho por qué hablo de ello. Me marcho fuera mañana y soy un enamorado demasiado ardiente para contener mi pasión por más tiempo. Pero tal vez he estado demasiado precipitado en mi prentensión.

Con una rapidez que la desconcertó, se dejó resbalar del sofá hasta quedar de rodillas, y, con una mano caballerescamente puesta sobre su corazón, recitó muy de prisa:
-Perdóneme por asustarla con la impetuosidad de mis sentimientos, querida Escarlata; quiero decir, querida señora Kennedy. No debe haber pasado inadvertido para su perspicacia que la amistad que hace mucho tiempo sentía hacia usted ha madurado convirtiéndose en un sentimiento más hermoso, más puro, más sagrado. ¿Me atreveré a decir su nombre? ¡Ah! Es el amor lo que me hace tan atrevido.
-Levántese -suplicó Escarlata-. Parece usted un tonto. Imagine que entrase aquí Mamita y lo viese.
-Se quedaría estupefacta e incrédula ante los primeros signos de mi entusiasmo -dijo Rhett, levantándose rápidamente-. Vamos, Escarlata, no sea usted chiquillla; no es una niña ni una colegiala para sacarme de quicio con esas absurdas excusas de decencia y cosas por el estilo. Diga que se casará usted conmigo cuando vuelva o... ¡por Dios, que no me iré! Me quedaré por estos alrededores y tocaré la guitarra debajo de su ventana todas las noches, y cantaré con toda mi voz, y la comprometeré hasta que tenga usted que casarse conmigo para salvar su reputación.
-Rhett, sea comprensivo, por favor. No quiero casarme con nadie.
-¿No? No me dice la verdadera razón; no puede ser timidez infantil. ¿Qué es?

De repente, Escarlata se acordó de Ashley, lo vio tan claramente como si estuviese allí a su lado: el cabello dorado, los ojos soñadores, lleno de dignidad, tan radicalmente distinto a Rhett. Él era la verdadera razón por la que no quería casarse otra vez, aunque no tuviera ninguna objeción seria que oponer a Rhett y hasta estuviera encariñada con él. Pertenecía a Ashley desde siempre y para siempre. Nunca había pertenecido a Carlos ni a Frank, nunca podría pertenecer a Rhett. Cada partícula de su ser, todo lo que había hecho, por lo que había luchado, lo que había conseguido, pertenecía a Ashley, lo había hecho porque le amaba. Las sonrisas, las risas, los besos que había dado a Carlos y a Frank eran de Ashley, aunque él nunca los hubiera reclamado ni nunca los reclamaría. En agún sitio, en lo más profundo de su ser, existía en Escarlata el deseo de reservarse para él, aunque supiera que él nunca había de aceptarla.

Ella no sabía que su rostro había cambiado, que el ensueño le había dado una dulzura que Rhett no le había visto nunca. Él contemplaba los oblicuos ojos verdes, grandes y sombríos, y la curva suave de sus labios; y por un momento contuvo la respiración. Luego hizo con la boca una mueca de burla y exclamó con apasionada impaciencia:
-Escarlata O'Hara, se ha vuelto usted loca.

Antes de que pudiera ser de nuevo dueña de su imaginación, los brazos de él la rodearon tan fuertemente como aquel día, hacía tanto tiempo, en el oscuro camino de Tara. De nuevo sintió la embestida brutal, el naufragio de su voluntad, la oleada de calor que la dejó inerte. Y el secreto de Ashley Wilkes se borró y desapareció en la nada. Él inclinó la cabeza por encima de su hombro y la besó, suavemente al principio, y luego con una creciente intensidad que la obligó a cogerse a él como a lo único firme en un loco mundo vacilante. La boca insistente de Rhett se apoyaba en los temblorosos labios de Escarlata, haciendo vibrar todos sus nervios, evocando en ella sensaciones que nunca se había creído capaz de sentir. Y antes de que el vértigo se apoderara de ella se dio cuenta de que le estaba devolviendo sus besos.



-Déjeme, por favor, no puedo más -balbuceó, intentando débilmente volver la cabeza.

Pero él la oprimió con fuerza contra su hombro y ella vio como en un sueño el rostro de Rhett; sus ojos muy abiertos lanzaban llamas; el temblor de sus manos la asustó.
-No importa. Eso quiero. Has estado esperando esto durante muchos años. Ninguno de los necios que has conocido te ha besado así, ¿verdad? Tu precioso Carlos, o Frank, o tu estúpido Ashley.
-Por favor...
-Digo tu estúpido Ashley. Caballeros todos ellos. ¿Qué saben de mujeres? ¿Cómo habían de comprenderte? Yo sí te comprendo.

Su boca estaba de nuevo unida a la de Escarlata y ésta se rindió sin lucha, demasiado débil para volver la cabeza, sin sentir siquiera el deseo de volverla. Su corazón palpitaba con fuertes latidos. Sus nervios se relajaron. ¿Qué iba a hacer Rhett? Ella acabaría desmayándose si no la dejaba. ¡Oh, si la dejase, si la dejase por fin!

-Di que sí.

Su boca se posaba sobre la de ella y sus ojos estaban tan cerca que parecían enormes, llenaban el mundo.

-Di que sí, maldita sea, o...

Escarlata balbuceó: "¡Sí!", sin siquiera pensar lo que decía. Era casi como si él hubiera deseado la palabra  y ella hubiese hablado, hipnotizada. Pero, en cuanto lo hubo dicho, una súbita calma la invadió, su cabeza cesó de dar vueltas y hasta el mareo del brandy disminuyó. Le había prometido casarse con él cuando no tenía intención de prometerlo. Apenas se daba cuenta de cómo había ocurrido, pero no lo sentía. Ahora le parecía muy natural haber dicho: "Sí", casi como si por intervención divina una mano más fuerte que la suya arreglase sus asuntos resolviendo por ella sus problemas.

Rhett lanzó un profundo suspiro cuando ella hubo hablado y se inclinó como para besarla. Escarlata cerró los ojos y dejó caer la cabeza, pero se sintió algo decepcionada al ver que él se echaba atrás sin tocarla. Ser besada de aquel modo le resultaba extraño, pero también agradablemente excitante.

Rhett permaneció durante un rato sentado muy quieto, con la cabeza de ella apretada contra su hombro. Con poderoso esfuerzo había logrado dominar el temblor de sus brazos. La separó un poco de sí y la miró. Ella abrió los ojos y vio que de su rostro había desaparecido la expresión que tanto la asustaba; sin embargo, no pudo resistir su mirada y bajó la suya, llena de confusión.

Cuando Rhett habló, su voz era muy tranquila.
-¿Lo piensas así? ¿No deseas retirar tu palabra?
-No.
-¿No será porque te haya... ¿cómo se dice?... hecho perder los estribos con mi... fogosidad?

Escarlata no pudo contestar, pues realmente no sabía qué decir; tampoco podía mirarle a los ojos. Él le cogió la barbilla con una mano y le levantó la cara.
-Te dije una vez que podría soportar de ti cualquier cosa excepto una mentira. Y ahora quiero saber la verdad. Dime: ¿por qué has dicho que sí?

Todavía no consiguió Escarlata pronunciar una palabra; pero, habiendo recobrado algo su equilibrio, sin levantar los ojos sonrió levemente.

-¡Mírame! ¿Es por mi dinero?
-¡Pero Rhett! ¡Vaya una pregunta!
-Mírame y no intentes engañarme. Yo no soy Carlos, ni Frank, ni ninguno de los muchachos del Condado para que me engañes con tus caídas de ojos. ¿Es por mi dinero?
-Sí... En parte...
-En parte.

No parecía enojado. Suspiró profundamente y con un esfuerzo barrió de sus ojos la ansiedad que hasta entonces los llenara, ansiedad que a Escarlata la sorprendía un poco.
-Bien -balbuceó ella apurada-, el dinero ayuda, ya lo sabes tú, Rhett; y Frank no me ha dejado demasiado. Pero... bueno, te lo diré: eres el único hombre que conozco que puede sufrir que una mujer le diga la verdad; será agradable tener un marido que no me crea una tonta y al que no tenga que mentir y... además, te tengo cariño.
-¿Me tienes cariño?
-Mira -le dijo nerviosa-, si te dijera que estoy locamente enamorada de ti, mentiría y, lo que es peor, tú lo notarías. Estoy completamente segura.
-Algunas veces me parece que llevas tu afán de decir la verdad demasiado lejos. ¿No crees que, aunque fuese mentira, sería más propio que dijeses: "Te quiero, Rhett"?

Escarlata, cada vez más desconcertada, se preguntaba adónde iría Rhett a parar. Su expresión era extraña, ansiosa, dolida y burlona a un tiempo; desasió las manos que ella le tenía cogidas, las metió en el bolsillo del pantalón y ella le vio apretar los puños.
"Aunque me cueste un marido, he de decir la verdad", pensó, malhumorada.

-Rhett, sería una mentira, y ¿qué íbamos a sacar en limpio? Te tengo cariño, como ya te he dicho. Una vez tú me dijiste que no me amabas, pero que teníamos mucho en común. Ambos éramos unos pícaros; eso era lo que tú...
-¡Oh, Dios! -interrumpió él-. ¡Ser cogido en mis propias redes!...
-¿Qué dices?
-Nada.

Y, mirándola, se rió; pero no con una risa alegre.
-Fija la fecha, querida.

Y volvió a reír y se inclinó para besarle las manos. Escarlata se sintió aliviada al ver que su enfado había pasado y otra vez estaba de buen humor, al menos en apariencia.
Rhett acarició sus manos un momento y luego, haciéndole un guiño:
-¿No has tropezado nunca, en las novelas que has leído, con el gastado truco de la mujer indiferente que llega a enamorarse de su propio marido?
-Ya sabes que no leo novelas -dijo ella, y, procurando ponerse a tono con su humor de broma, continuó-: Además, tú mismo me has dicho muchas veces que no hay cosa más ridícula en el matrimonio que estar enamorados uno de otro.
-¡Maldita sea! ¡La cantidad de majaderías que yo he dicho! -replicó Rhett de mal humor, levantándose.
-No jures.
-Tendrás que acostumbrarte a oírme y aprender a hacerlo tú también. Tendrás que hacerte a todas mis costumbres. Eso será el precio de... tenerme cariño y echarle la zarpa a mi dinero.
-Bueno, no lo repitas tanto, porque no miento y te hago sentirte orgulloso. Tampoco tú estás enamorado de mí, ¿no es eso? ¿Por qué habría de estar yo enamorada de ti?
-No, hija mía, no estoy más enamorado de ti de lo que tú lo estás de mí; y, si lo estuviera, tú serías la última persona a quien se lo diría. Dios tenga piedad del hombre que se enamore de ti; le destrozarás el corazón, querida. Eres una gatita cruel y revoltosa y tan despreocupada que ni siquiera te preocupas en esconder las uñas.

La obligó a levantarse y la volvió a besar; pero esta vez de un modo distinto. No parecía preocuparse de no hacerle daño; es más, parecía querer hacérselo, intentar insultarla. Sus labios se deslizaron por su garganta y por fin se detuvieron sobre el terciopelo del vestido oprimiendo su pecho tan fuertemente y por tanto tiempo, que su aliento llegó a quemarle la piel. Sus manos lucharon rechazándolo en un ademán de pudor herido.

-No debes... ¿Cómo te atreves?
-Tu corazón late tan agitado como el de un conejo -dijo él burlonamente-. Demasiado deprisa para tratarse de simple cariño, pensaría yo si fuese presuntuoso. Alisa tu alborotado plumaje. Ya empiezas a adoptar aires virginales. Dime, ¿qué quieres que te traiga de Inglaterra? ¿Un anillo? ¿Cómo lo quieres?

Ella vaciló un momento entre el interés de sus últimas palabras y el femenil deseo de prolongar la escena colérica e indignada.
-¡Oh!... Un anillo de brillantes... Cómpramelo muy grande, Rhett.
-¿Para que puedas lucirlo ante tus amistades pobres y decirles: "Mirad lo que pesqué"? Muy bien; lo tendrás grande, tan grande que tus amigas menos afortunadas puedan consolarse cuchicheando que es atrozmente plebeyo llevar unas piedras tan enormes.

De repente cruzó rápido el salón y ella, asombrada, lo siguió hasta las cerradas puertas.
-¿Qué te pasa? ¿Adónde vas?
-A mi casa a terminar el equipaje.
-¡Oh!, pero...
-Pero ¿qué?
-Nada. Espero que tengas una feliz travesía.
-Gracias.

Él abrió la puerta y salió al vestíbulo. Escarlata lo siguió un poco desconcertada y un mucho decepcionada por el súbito cambio de tono. Rhett se puso el abrigo y cogió el sombrero y los guantes.
-¿No vas a...?
-¿A qué? -dijo Rhett, que parecía impaciente por irse.
-¿No vas a darme un beso de despedida? -cuchicheó, temerosa de que la oyesen.
-¿No te parece que ya han sido bastantes besos para una tarde? -repuso él haciéndole un guiño-. Pensar que una jovencita modosa y bien educada... ¿Lo ves? Ya te dije yo que sería divertido.
-¡Eres insoportable! -gritó Escarlata, rabiosa, sin preocuparse de que Mamita la oyera-. Me tiene sin cuidado que no vuelvas nunca.

Se volvió, dirigiéndose hacia las escaleras, esperando sentir cómo la cálida mano de Rhett le agarraba del brazo para detenerla. Pero él abrió la puerta y una ráfaga de aire helado penetró en la casa.

-Pero volveré -dijo, y salió, dejándola en mitad de la escalera mirando la cerrada puerta.

Traducción del inglés por Juan G. de Luaces y J. Gómez de la Serna.

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